En otra de mis recorridas vespertinas por el jardín del Museo de la Memoria de la Intendencia de Montevideo, decidí adentrarme un pasito más al fondo para llegar al salón donde funciona su taller de cerámica. Allí conozco a su docente, Tania Astapenco, que está por comenzar una nueva jornada junto a un grupo muy bochinchero. Me comentó que algunos de sus integrantes la acompañan desde la fundación del taller, hace ya unos recién cumplidos diez años. Se aproxima un señor de gorra negra, quién muy pintoresco me da la bienvenida.
Todo comenzó por una placa...
Eduardo, con su gorra negra y delantal ya puesto, me explica que éste era su emblema y ahora llega a mis manos para también sostenerlo.
Tras una breve merienda entre risas y presentaciones, la voz cantante de Tania se pronunció: "¡Manos a la masa!"
Amasar y moldear, reír y recordar.
Todo comenzó por una placa...
Eduardo, con su gorra negra y delantal ya puesto, me explica que éste era su emblema y ahora llega a mis manos para también sostenerlo.
Tras una breve merienda entre risas y presentaciones, la voz cantante de Tania se pronunció: "¡Manos a la masa!"
Amasar y moldear, reír y recordar.
El proceso de creación de cada pieza es tan libre como intrépido. Se están preparando para realizar un raku el próximo martes. Esta técnica tradicional de origen oriental produce resultados inesperados y únicos, por lo que cada receta y sus ingredientes son una apuesta a la suerte. Para esta ocasión, decidieron confeccionar las piezas agregando arena voladora y chamota.
Llegó el día, el salón se cargó de expectativa. En principio, las piezas crudas se cocinan en un horno hasta alcanzar los 950°C. Llegadas a este punto, las mismas son retiradas con pinzas de hierro e introducidas con sumo cuidado en un tacho con viruta de madera, haciendo que se incendien al instante. Al cabo de unos minutos, se las somete a un cambio brusco de temperatura para que el agua se encargue de enfriarlas lentamente.
Al comenzar la limpieza provisoria de cada pieza, son varias las sorpresas y colores que se manifiestan ante el asombro de todo el grupo. Las miradas cómplices indican que el experimento fue todo un éxito, tocará seguir trabajándolas la semana que viene y así continuar descascarando sus secretos.
Llegó el día, el salón se cargó de expectativa. En principio, las piezas crudas se cocinan en un horno hasta alcanzar los 950°C. Llegadas a este punto, las mismas son retiradas con pinzas de hierro e introducidas con sumo cuidado en un tacho con viruta de madera, haciendo que se incendien al instante. Al cabo de unos minutos, se las somete a un cambio brusco de temperatura para que el agua se encargue de enfriarlas lentamente.
Al comenzar la limpieza provisoria de cada pieza, son varias las sorpresas y colores que se manifiestan ante el asombro de todo el grupo. Las miradas cómplices indican que el experimento fue todo un éxito, tocará seguir trabajándolas la semana que viene y así continuar descascarando sus secretos.